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Un Sant Jordi no es igual a otro

Por Karla Arias Alvarado

Cada fiesta de Sant Jordi es diferente. Siempre habrá rosas y libros esparcidos por las calles de Barcelona. Pero también hay cosas que destacan de lo que se espera de la fiesta catalana o personas que sobresalen en las oleadas de gente que inunda la ciudad.

Los libros

Este año los best-sellers han brillado por su ausencia y con ellos también han faltado las colas – de horas – para conseguir una firma. Sin embargo el lector popular no se queja. Los quioscos de las grandes librerías acogieron a una cantidad importante de escritores de gran importancia mediática. Pilar Rahola, John Carlin o Miguel Angel Rodríguez El Sevilla entre muchos otros. Hasta los actores David Olivares y Agnès Busquets  estuvieron firmando el libro del conocido programa de televisión Crackòvia.

María Jesús Blanco, en compañía de su esposo y su hija, hizo tres horas de ruta temprano esta mañana para disfrutar del día de Sant Jordi en pleno corazón de Barcelona. Llevaba años queriendo venir desde su casa en Aragón pero por diversas razones no lo había logrado. Y después de tanto viaje, la familia ha aprovechado y vuelve a casa con cuatro libros y cada uno de ellos autografiado por su respectivo autor.

“A mi hijo le hemos comprado ¿Dónde está el límite? de Josef Ajram, como es bastante deportivo seguro que le gustará. Ahora iremos a conseguir que lo firme, lo bueno es que las colas no son muy largas” explicó María Jesús.

Las rosas

No hay calle de Barcelona que hoy se haya salvado de los tradicionales vendedores de rosas. Sin embargo, para salir de lo común y con la esperanza de generar más ventas, algunos de los vendedores optaron por captar la atención de los transeúntes de la ciudad. Desde el vendedor disfrazado de Sant Jordi o de dragón hasta el vendedor en zancos, para los jóvenes empresarios de un día todo vale.

Algunos otros, igualmente creativos, buscaban ante todo sacarle una sonrisa a todos los pasantes, solamente para después venderles una de sus rosas. David es uno de ellos y su estrategia no podía ser más simple. Con uno de sus amigos y un par de sillas, sentados en medio de las aceras del agitado Passeig de Gràcia y un rótulo de papel pegado al pecho con el texto “Rosas à” señalando una mesa con rosas de todos los colores.

“Estamos convencidos que si hacemos sonreír a la gente primero se nos hará más fácil venderles una rosa” dijo David.

Los pasteles

¿Libro o pastel?

En Sant Jordi tampoco puede faltar el tradicional pastel, pero una vez más no se puede dejar de innovar. “Es que no sé si son pasteles o si son libros” decía Llúcia Moliner mirando la vitrina de una pastelería en Rambla Catalunya. En este lugar las creaciones pasteleras imitan a tamaño real algunos de las obras en catalán publicadas este año, como es el caso de Maletes perdudes de Jordi Puntí. Llúcia no es la única en sorprenderse. Pocos fueron aquellos que pasaron frente al escaparate de la pastelería sin quedarse observando con atención los extraños libros hechos de azúcar.

Sant Jordi es esa fiesta en la que dentro de ‘lo de siempre’ se encuentran novedades muy fácilmente. Algunos se pasean por la ciudad sin ver más allá de los habituales stands de rosas y libros. Otros no dejan de dejarse cautivar por las ideas frescas de los protagonistas del día. Y para algunos todo es nuevo. “Nosotras estamos de vacaciones en Barcelona” explicaron dos turistas japonesas, “pero no sabíamos que nuestra visita coincidiría con esta fiesta. La verdad ni siquiera entendemos porqué hay tanta gente en la calle y porque todas las chicas llevan rosas en las manos”.

El negocio de los jóvenes emprendedores

Venda de flores en la calle Pelai

 

Por Estefanía Colmenares, Eduardo Cordero y Carlos Toda

Es martes por la noche y Kristian Johansson, un joven de 24 años, está cerrando ventas de rosas por teléfono. Un cliente le pide un descuento a última hora y Kristian, reacio, baja el precio de la unidad unos céntimos. “Le vendo 750 rosas, es un buen cliente. Le bajo unos céntimos por rosa y le dejo contento. A mí 5 céntimos me dan igual, y el año que viene acudirá a mí de nuevo. Todo es psicología”.

Kristian tiene olfato para el negocio. Como cada año, el día de Sant Jordi participa en el negocio de las rosas, vendiendo de forma anticipada y a pie de calle en los puestos que sitúa en zonas estratégicas de Barcelona y Sant Cugat. Pero él no es el único; muchos otros jóvenes emprendedores aprovechan esta festividad y la compra masiva de rosas para ganar dinero.

Pero organizar este negocio no es tarea fácil. “Es un negocio que dura un día para todo el mundo, pero acarrea un trabajo de unos dos meses y medio”, apunta Miquel Ferrer (24) que desde hace siete años vende rosas en Sant Jordi.

Este año las variedades de rosa más vendidas serán la Freedom y la Red Naomi. “Son rosas contenidas, apaciguadas y duraderas”, explica Kristian. Esto es importante porque el transporte maltrata mucho las rosas, y la temperatura ambiente en los puestos las marchita antes.

Estos jóvenes contactan con un proveedor, al que hacen un pedido y con el que negocian el precio de la unidad. El precio de la rosa aumenta si está “montada”, es decir, si incluye la espiga, el envoltorio y la cinta. “La Red Naomi montada me ha costado un euro”, dice Miquel. “A mí, la Freedom montada 1,05 euros”, añade Kristian. En ambos casos el margen de beneficio es amplio. Al final del día, la media a la que venden las rosas ronda los tres euros.

Hora de vender

Su negocio consiste en vender las flores por tres vías diferentes: a empresas, a particulares y a pie de calle. Este año, Kristian inundará las calles con 24 mesas y Miquel, con 12.

“De las 15 mil rosas que pedí este año, he vendido tres mil a empresas como Roche Diagnostics y Assistència Sanitària Col∙legial”, apunta Kristian. Por el contrario, Miquel se centra más en empresas, vendiéndoles un 65% de sus existencias, también quince mil.

El resto de rosas las venden en la calle o a particulares que quieren montar su propia parada, algo sencillo y manejable. Pero para poder instalar una parada de venta de rosas en la calle es necesario conseguir una licencia del Ayuntamiento, que da una por DNI y de forma gratuita. Entonces, ¿cómo conseguir tantas licencias siendo una sola persona? Kristian, con una sonrisa pícara, lo aclara: “Pedí licencias a nombre de mis familiares y de algunas de mis vendedoras”.

Para que el negocio sea exitoso, es imprescindible tener un pequeño ejército de vendedoras extrovertidas, lanzadas y atractivas que al final del día se van a casa con entre 80 y 100 euros. Matemáticamente, está calculado que los mejores resultados se obtienen con dos vendedoras por mesa. También hay coordinadores, que son responsables de que todo funcione perfectamente en un conjunto de mesas -generalmente entre cuatro y seis – y que cobran en torno a los 500 euros.

Son muchos números, y en general los beneficios son suculentos, casi un 300% de la inversión inicial. Pero a veces las cuentas no cuadran y uno se puede pillar los dedos, como le ocurrió a Miquel, que fió 15 mil euros a un socio comercial al que desde hace ya un año no ha vuelto a ver.

Las princesas de hoy quieren libros

Por Francesca Aliai Crispino y Ana Pérez Pinto

Las mujeres ya no se conforman con las rosas.

Érase una vez una fiesta en la que los hombres regalaban rosas a las mujeres. Estas flores brotaron de la sangre del dragón que Sant Jordi mató para salvar a su princesa. Las damas agradecían este homenaje ya que la rosa era un símbolo del amor romántico y, como contrapartida, regalaban libros a sus amados.

Cuando las princesas aprendieron que podían salvarse sin la ayuda de un caballero, comenzaron a demandar, ellas también, libros. Las historias de amor cambian y con ellas, las tradiciones.

En 1930, coincidiendo con el día de Sant Jordi, se instauró la fiesta del libro en Catalunya. En esa época la tasa de analfabetismo en España era abrumadora: el 42% de la población era incapaz de leer y de escribir. De este porcentaje la mayoría eran mujeres. Además, hasta 1975, la dictadura franquista promocionó un modelo de mujer sumisa y dedicada íntegramente a la familia. Este estereotipo de madre y esposa no contemplaba espacio para el desarrollo de las inquietudes intelectuales de las mujeres. Tal y como reza el título del libro de Stefan Bollman, la convicción imperante era que las mujeres que leían eran peligrosas.

La lectura abre horizontes, aporta nuevas perspectivas. “No existe mejor fragata que un libro para llevarnos a tierras lejanas”, afirmó Emily Dickinson. La literatura ha sido una de las principales responsables de la toma de conciencia de la desigualdad entre sexos.

Hoy en día las mujeres han adquirido un nuevo papel en la sociedad. La lucha por la igualdad ya no es una utopía. No se reduce a escasos grupos de feministas que salen a la calle para reivindicar sus derechos, se trata de un objetivo por el que se trabaja tanto a nivel institucional como personal. Según Marta Segarra, directora del Centro Dona i Literatura de la Universidad de Barcelona, los efectos más evidentes de este cambio de percepción del género se han producido a lo largo de la última década. “Actualmente, las principales reivindicaciones de género en el ámbito de la literatura se enfocan en que hombres y mujeres tengan las mismas oportunidades de escucha, de forma que las mujeres constituirían una alternativa en lo que concierne a la elección de temas, de figuras y de maneras de contar la realidad”, afirma Segarra.

La cultura ya no es algo reservado al género masculino, aunque tradicionalmente los hombres hayan sido los productores más reconocidos y los principales consumidores en el campo artístico y cultural. En un momento en el que casi la mitad de la población española asegura que no lee nunca o casi nunca, hay más mujeres que lo hacen. Un 58% de lectoras frente a un 50% de hombres poseen este hábito, según el último informe de la Federación de Gremios de Editores de España (FGEE).

Probablemente los organizadores de aquel Sant Jordi de 1930 jamás hubiesen imaginado que un número tan elevado de mujeres habría visitado la feria no sólo para comprar libros sino también para firmar sus obras. Lucía Etxebarría, Matilde Asensi, Empar Moliner, Julia Navarro y Muriel Barbery son sólo algunas de las escritoras que atenderán personalmente a sus lectores este año. Segarra explica que, a pesar de que las autoras son cada vez más y están más reconocidas “aún permanecen mecanismos que las penalizan por el simple hecho de ser mujeres”.

Si la rosa simboliza el amor, el libro es el emblema del pensamiento libre. Los autores, independientemente de su sexo, buscan compartir experiencias y hacer reflexionar al lector. Si ya es un hecho que las mujeres reciben libros el día de Sant Jordi,  ¿quién dice que a los hombres no se les pueda regalar una rosa este año?