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El reforzamiento de la identidad catalana durante el día de Sant Jordi

Por Miriam Sántxez

Las pastelerías también ofrecen dulces que juegan con los colores de la bandera catalana

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El día 23 de abril se celebra la festividad de Sant Jordi. Uno de los símbolos que hacen de esta celebración cívica, un lugar aglutinador de eso que se ha dado en llamar la conciencia catalana.

Durante Sant Jordi no se celebra únicamente la fiesta de la rosa y el libro. En sus comienzos se conmemoraba la fecha de fallecimiento de dos grandes de las letras universales: Miguel de Cervantes y William Shakespeare, aunque esto a menudo se olvida.

A pesar de que Sant Jordi sea una de las fiestas catalanas por excelencia, en Cataluña la gente trabaja. Este día se celebran actos, tanto institucionales como populares, por las principales calles de Barcelona como el Paso de Gracia, Las Ramblas y Plaza Cataluña, y las banderas se depositan en distintos monumentos de la ciudad (como la Plaza Lluchmajor, en el distrito de Nou Barris, donde una bandera catalana y otra republicana adornan la Estatua de la República. La fuerza de esta fiesta llega a muchas calles y recovecos de la capital catalana, que se llenan de color y alegría.

Aunque los actos institucionales son múltiples y variados, es una fiesta profundamente popular, ya que a menudo se puede observar la típica senyera de las cuatro barras, que pone la gente en el balcón de su casa o sobre algunos monumentos significativos.

Este día se refuerza notablemente el sentimiento identitario catalán. Hasta la gente que no es simpatizante de la ideología nacionalista sale a disfrutarlo y es que, ¿acaso hay algo mejor que hacer de la fiesta identitaria, algo cívico?

Este sentimiento se muestra en la alegría de los que pasean, entre los puestos de los libros, esperando a que el escritor de turno les firme un autógrafo. A pesar de la espera, muchos no tienen problemas en gastarse 5 Euros en una rosa (un día es un día) o algo más en un buen libro para los seres queridos.

Todo esto tiene que ver con el hecho de que una de las características identitarias catalanas es su demarcación cultural, y no sólo política. Esta fiesta es una muestra más de la influencia mutua entre sentimiento identitario y símbolos culturales (Sant Jordi, La fiesta dels Segadors, la diada del 11 de septiembre, etc).

El escritor Victor Turner, en su libro La selva de los símbolos (1980), situaba los anteriores símbolos como los dominantes de la catalanidad. Su origen se remonta a un periodo histórico muy concreto: el de la Renaixença.

La diada del 23 de abril muestra que no sólo la conciencia lingüística, territorial o histórica, tiene influjo en las gentes que habitan Cataluña, si no que lo simbólico ocupa gran parte de eso que llaman “identidad propia”.

Y ya saben, los que no tengan dinero para comprar una rosa o un libro, también pueden participar de la fiesta, con el simple hecho de colgar una bandera.

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¿Qué pasó el día de Sant Jordi hace 80 años?

Por Miriam Santxez

Portada de 'La Rambla' del 24 de abril del 1930.

El 24 de abril de 1930 se vendieron a gran velocidad un gran número de ejemplares de La Rambla, según algunos testimonios, alrededor de 60.000 ejemplares de este diario, hoy extinto. ¿Por qué? La gente lo compraba por la ilustración en la portada de Sant Jordi y el dragón que hizo Gómez.

Se armó tal revuelo entre las gentes que pasaban por el lugar, que hasta la policía tuvo que personarse en el lugar de distribución del periódico, situado en el mismo centro de Barcelona, y ordenar retirar la tirada del periódico. Quizás se intuía el clima pre-republicano, ya que faltaba menos de un año para que se instaurara la II República, o quizás fue por el humor y la tendencia libertaria del dibujante.

Lo cierto es que la cara del dragón se hacía familiarmente conocida para quienes compraron, el 24 de abril, aquél periódico. Los aires borbónicos de aquel dibujo eran inconfundibles. ¿Podía hacer referencia al rey Alfonso XIII?

Historia de Sant Jordi

Por Benoît Cros

La leyenda de San Jordi está presente en algunos puestos.

“Con gran solemnidad se celebró ayer, a las doce, en el paraninfo de la Universidad, un acto literario en conmemoración del natalicio de Cervantes, viéndose sumamente concurrido por catedráticos y profesores y numeroso público”. Así comenzaba la crónica de La Vanguardia sobre el primer Día del libro español… el 7 de octubre de 1926. Y es que esta fiesta no ha sido siempre asociada a la “diada de Sant Jordi”, que celebra cada 23 de abril al santo patrón de Cataluña.

El decreto que instituía esta fiesta el día del nacimiento de Cervantes fue firmado por Alfonso XIII el 6 de febrero de 1926. En Barcelona, la primera edición del Día del Libro permitió la organización de conferencias y exposiciones, así como un concurso periodístico. Las librerías instauraron ese mismo año la costumbre de ofrecer descuentos a sus clientes.

Pero fue su cambio al 23 de Abril, día de San Jorge, en el año 1930, el que permitió darle su fisionomía actual, al juntarse con un día de fervor popular en la sociedad catalana.

El culto a San Jorge en Cataluña se remontaba a la Edad Media. En el siglo XV, las Cortes Catalanas oficializaron el patronazgo de este santo. Según la tradición, Jorge de Capadocia, un soldado romano en el imperio de Diocleciano, se había negado a ejecutar una orden de perseguir a los cristianos. Al ser decapitado por defenderlos, fue considerado un mártir cristiano y fue canonizado.

La versión catalana de la leyenda cuenta el heroismo de Sant Jordi. En el pueblo de Montblanc vivía un dragón, y para apaciguarlo, los habitantes le ofrecían en sacrificio una persona escogida por sorteo. El día que le tocó a la hija del rey, Sant Jordi combatió al dragón y lo mató. De la sangre derramada del monstruo salió un rosal de flores rojas. Esta leyenda dio lugar a la costumbre de regalar flores a la mujer amada este día.

A partir de 1930, el fervor popular de Sant Jordi se juntaba con el éxito de la fiesta del libro, que se convertía así en una de las fiestas preferidas de los catalanes.

Aparecían los típicos puestos de libros en las Ramblas, atrayendo a miles de personas al centro de la ciudad. La Vanguardia notaba en 1932 que la fiesta ya estaba “arraigada en nuestras costumbres con una tradición breve pero brillantísima”. En los años siguientes se instauraban unas costumbres hoy bien establecidas : la publicación de libros para esta fecha y la presencia de los escritores para firmar sus obras.

La popularidad de esta fiesta era tan grande, que fue recuperada por los dos lados enfrentados durante la guerra civil. Si La Vanguardia del 23 de abril del 1937 hacía un llamado a enviar libros a los soldados republicanos, una columna de Diego Victoria en el mismo diario controlado por el franquismo en 1940 explicaba la utilidad de esta fiesta para promocionar el “Movimiento Nacional”. Al año siguiente, se aprovechaba esta fiesta para celebrar una misa “en sufragio de los escritores caídos por Dios y por España”.

El franquismo no puso fin a la popularidad de este día. Durante la fase “liberal” del régimen, esta fiesta, aún oficialmente “San Jorge”, pasó a ser un día de recuperación de la cultura catalana. En 1968 salió por esta ocasión la enciclopedia “Salvat Català”, la primera dedicada a los Països Catalans. Pero sobre todo con el retorno de la democracia, la fiesta adquirió una connotación catalanista. Para el “Sant Jordi” de 1977 se organizaron manifestaciones a favor de un estatuto de autonomía.

“Sant Jordi” se había convertido en la fiesta catalana del libro y la rosa. Como si de un homenaje a ese día se tratara, el escritor catalán Josep Plà fallecía el 23 de abril del 1981.

En 1984 esta festividad catalana llegó a Asia, con la celebración en Japón del “Sant Jordi’s day”. En 1995, la UNESCO declaraba el 23 de Abril día internacional del libro. Sant Jordi, después de vencer al dragón, había conquistado al mundo.

Las princesas de hoy quieren libros

Por Francesca Aliai Crispino y Ana Pérez Pinto

Las mujeres ya no se conforman con las rosas.

Érase una vez una fiesta en la que los hombres regalaban rosas a las mujeres. Estas flores brotaron de la sangre del dragón que Sant Jordi mató para salvar a su princesa. Las damas agradecían este homenaje ya que la rosa era un símbolo del amor romántico y, como contrapartida, regalaban libros a sus amados.

Cuando las princesas aprendieron que podían salvarse sin la ayuda de un caballero, comenzaron a demandar, ellas también, libros. Las historias de amor cambian y con ellas, las tradiciones.

En 1930, coincidiendo con el día de Sant Jordi, se instauró la fiesta del libro en Catalunya. En esa época la tasa de analfabetismo en España era abrumadora: el 42% de la población era incapaz de leer y de escribir. De este porcentaje la mayoría eran mujeres. Además, hasta 1975, la dictadura franquista promocionó un modelo de mujer sumisa y dedicada íntegramente a la familia. Este estereotipo de madre y esposa no contemplaba espacio para el desarrollo de las inquietudes intelectuales de las mujeres. Tal y como reza el título del libro de Stefan Bollman, la convicción imperante era que las mujeres que leían eran peligrosas.

La lectura abre horizontes, aporta nuevas perspectivas. “No existe mejor fragata que un libro para llevarnos a tierras lejanas”, afirmó Emily Dickinson. La literatura ha sido una de las principales responsables de la toma de conciencia de la desigualdad entre sexos.

Hoy en día las mujeres han adquirido un nuevo papel en la sociedad. La lucha por la igualdad ya no es una utopía. No se reduce a escasos grupos de feministas que salen a la calle para reivindicar sus derechos, se trata de un objetivo por el que se trabaja tanto a nivel institucional como personal. Según Marta Segarra, directora del Centro Dona i Literatura de la Universidad de Barcelona, los efectos más evidentes de este cambio de percepción del género se han producido a lo largo de la última década. “Actualmente, las principales reivindicaciones de género en el ámbito de la literatura se enfocan en que hombres y mujeres tengan las mismas oportunidades de escucha, de forma que las mujeres constituirían una alternativa en lo que concierne a la elección de temas, de figuras y de maneras de contar la realidad”, afirma Segarra.

La cultura ya no es algo reservado al género masculino, aunque tradicionalmente los hombres hayan sido los productores más reconocidos y los principales consumidores en el campo artístico y cultural. En un momento en el que casi la mitad de la población española asegura que no lee nunca o casi nunca, hay más mujeres que lo hacen. Un 58% de lectoras frente a un 50% de hombres poseen este hábito, según el último informe de la Federación de Gremios de Editores de España (FGEE).

Probablemente los organizadores de aquel Sant Jordi de 1930 jamás hubiesen imaginado que un número tan elevado de mujeres habría visitado la feria no sólo para comprar libros sino también para firmar sus obras. Lucía Etxebarría, Matilde Asensi, Empar Moliner, Julia Navarro y Muriel Barbery son sólo algunas de las escritoras que atenderán personalmente a sus lectores este año. Segarra explica que, a pesar de que las autoras son cada vez más y están más reconocidas “aún permanecen mecanismos que las penalizan por el simple hecho de ser mujeres”.

Si la rosa simboliza el amor, el libro es el emblema del pensamiento libre. Los autores, independientemente de su sexo, buscan compartir experiencias y hacer reflexionar al lector. Si ya es un hecho que las mujeres reciben libros el día de Sant Jordi,  ¿quién dice que a los hombres no se les pueda regalar una rosa este año?